A tan sólo 14 kilómetros de las costas españolas existe un mundo distinto a todo lo que conocemos. Un mundo tan cercano y desconocido a la vez que nos propusimos descubrir cámara en mano para inmortalizar cada rincón de Marruecos. Desde las más pequeñas ciudades al tosco desierto todo en este país es una nueva oportunidad para sorprendernos, ya sea con sus peculiaridades costumbres y personajes como la hospitalidad reinante entre las dunas del árido desierto.
Con la intención de realizar una serie de fotografías y colaborar paliando distintas necesidades a los lugareños nos adentramos en Marruecos cruzando el Mediterráneo y llegando a Chefchaouen tras cruzar la frontera. Una vez en la ciudad, el paisaje nos recuerda a los típicos pueblos andaluces, aunque en esta ocasión las encaladas pareces toman un tono azulado que le dan el apelativo de “la ciudad azul”. No en vano, Chefchaouen se conformó primordialmente con los exiliados provenientes de Al-Andalus que imprimieron a la ciudad su trazado irregular y laberíntico.
Abandonamos la ciudad de color azul para hacer nuestra siguiente parada en la tercera ciudad más habitada de Marruecos: Fez. Recorriendo su famosa medina, nos confundimos entre los habitantes de una ciudad en cuyas callejuelas se entremezclan fuertes olores a especias, té y cordero, pero sobre todo a cuero y piel que curten y colorean en los lavaderos que podemos encontrar en cualquier rincón de la ciudad.
Con la tranquilidad de quien lleva varios días en un país extranjero y conociendo a sus gentes y costumbres nos adentramos en Ifrane, a poco más de 60 kilómetros de Fez. En nuestra nueva ubicación nos sorprendimos con el tipo de construcciones que conforman las calles de la ciudad con sus edificaciones a la manera occidental, un paisaje muy distinto a todo lo que habíamos visto hasta ahora.
Pese a todo, Ifrane es el comienzo del desierto, un lugar donde verdaderamente podremos comprobar la hospitalidad de las gentes que habitan este lugar tan peculiar. Primeramente nos encontramos con una familia que nos brindó su casa acogiéndonos y obsequiándonos con una sencilla pero agradable comida que se vio rematada con un característico té de menta. En el desierto, el inhóspito paisaje se ve recompensado con la actitud de sus habitantes; por ello, como muestra de agradecimiento le entregamos distintas provisiones, ropas y zapatos que buena falta les hacían a pesar de su generosidad.
Entrada la noche nos introdujimos en un poblado donde en cuestión de segundos nos vimos acorralados por un nutrido grupo de niños que nos quitaban de las manos los bolígrafos que les ofrecíamos. En estos parajes la ilusión de los niños puede verse acrecentada con cualquier cosa hasta tal punto que los más avispados recogían con una mano lo que ya escondían con la otra.
En Marruecos se entremezclan la hospitalidad y la alegría con zonas muy deprimidas. De camino a Merzouga, nos cruzamos con otro grupo de niños que mostraban una felicidad envidiable, a pesar de que todo a su alrededor irradiaba la más absoluta austeridad. Tras varios kilómetros pudimos vislumbrar una enorme mancha verde en mitad de las dunas: un oasis, lugar ideal donde reponer fuerzas con una agradable comida en el restaurante Sahara a base de kefta y couscous. Los planes inmediatos eran hacer una ruta a camello y dormir en el desierto, pero una poderosa tormenta de arena arruinó nuestros planes.
Nuestra siguiente parada fue la Garganta de Todra donde pudimos hacer todo lo que la tormenta no nos permitió realizar días atrás: amanecer entre las dunas y pasear a camello. En nuestra estancia por estos parajes se nos acercó una pequeña niña con cierta desconfianza y aterida de frío, ya que estaba atardeciendo y la temperatura en el desierto desciende considerablemente a ciertas horas de la noche. Le promocionamos prendas de abrigo que ella aceptó con recelo y agradeciéndonoslo con una simpática mirada, sin atreverse a articular palabra.
Seguimos nuestro viaje a través de una carretera que nos cambió de Garganta, pasando de Todra a Dades, un lugar donde se abre un valle cuyo paisaje resultará inolvidable a nuestros ojos por sus vivos colores rojos, rosas y púrpuras, además de sus increíbles formaciones rocosas con caprichosas siluetas. Dejamos atrás las dunas y nos acogió un nuevo horizonte, aunque esta vez agreste pero con increíbles vistas panorámicas salpicadas con casas de adobe. Tras pasar una mala noche a causa del frío y la nieve llegamos a la ciudad de Zagora, un rincón al sur de Marruecos donde los almorávides construyeron una fortaleza en el que posteriormente se situaría la ciudad promovida por los franceses.
Marrakech era nuestro último destino y suponía para nosotros la vuelta a la civilización. En la medina nos pudimos encontrar con un repertorio de singulares personajes como el aguador o el enigmático encantador de serpientes. Todo en esta ciudad tiene un toque mágico, pero nosotros debíamos volver a Chefchaouen, nuestro punto de partida y que esperamos que vuelva a serlo en una próxima ocasión.
Viaje y fotografía Fernando Serra









1 comentario on "Marruecos, un mundo de sensaciones"
Buenas fotos.